miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA REGENERACION CONTRA LA IDOLATRIA DE LA DECISION

lunes, 27 de septiembre de 2010

¿PARA QUE EVANGELIZAR?



Tenemos pues primero LA INCAPACIDAD DEL HOMBRE. El texto dice: "Nadie puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga." ¿Dónde radica esta incapacidad?

En primer lugar, no se deriva de ningún defecto físico. Si para venir a Cristo, mover el cuerpo o caminar con los pies puede ser de ayuda, ciertamente el hombre tiene todo el poder físico para venir a Cristo en ese sentido. Recuerdo que una vez escuché a un antinomiano necio que declaró que no creía que ningún hombre tenía el poder de caminar a la casa de Dios si el Padre no le llevara. Ese hombre era verdaderamente un tonto, porque debió haber visto que mientras un hombre tenga vida y piernas le resulta lo mismo de fácil caminar a la casa de Dios que a la casa de Satanás.

Si venir a Cristo incluye decir una oración, el hombre no tiene defecto físico sobre este particular. Si no es mudo, puede decir una oración tan fácilmente como decir una blasfemia. Es tan fácil que un hombre cante uno de los cantos de Zión como que cante una canción profana teñida de lujuria. No hace falta el poder físico para venir a Cristo. El hombre tiene todo el poder corporal que se necesita. Y cualquier parte de la salvación que consista en eso está entera y totalmente al alcance del hombre, sin necesidad de ninguna ayuda del Espíritu de Dios.

Tampoco reside esta incapacidad en ninguna deficiencia mental. Puedo creer que esta Biblia es verdadera con la misma facilidad que puedo creer que cualquier otro libro es verdadero. En la medida en que creer en Cristo no sea más que un acto de la mente, soy tan capaz de creer en Cristo como lo soy de creer en cualquier otra persona. Si Sus afirmaciones son verdaderas sería una pérdida de tiempo que me digan que no puedo creerlas. Puedo creer lo que Cristo afirma de la misma manera que puedo creer lo que afirme cualquier otra persona. No hay ninguna falta de capacidad en la mente: es capaz de apreciar como un mero concepto intelectual la culpa del pecado, de la misma manera que es capaz de entender la culpa que implica un asesinato. Es posible que yo desarrolle la idea mental de buscar a Dios, de la misma manera que puedo ejercitar el pensamiento de la ambición.

Tengo toda la fortaleza mental y el poder que se pueden necesitar en la medida en que el poder mental sea necesario para la salvación. No, no hay ningún hombre tan ignorante que pueda argumentar su falta de intelecto como una excusa válida para rechazar el evangelio. Entonces, el defecto no está ni en el cuerpo, ni en lo que debemos llamar en el sentido teológico: la mente. No existe ni insuficiencia ni deficiencia en ella, aunque ciertamente es la depravación de la mente, su corrupción o su ruina, lo que después de todo, conforma la esencia misma de la incapacidad del hombre.

Permítanme mostrarles en dónde reside realmente la incapacidad del hombre. Está en lo profundo de su naturaleza. Debido a la Caída y por medio de nuestro propio pecado, la naturaleza del hombre se ha vuelto tan degradada, depravada y corrupta, que es imposible que el hombre venga a Cristo sin la ayuda de Dios el Espíritu Santo. Ahora, con el objeto de poder mostrarles cómo la naturaleza del hombre lo hace incapaz de venir a Cristo, deben permitirme usar esta figura. Ven a esa oveja, ¡observen con qué entusiasmo come de su pasto! Nunca se han enterado de una oveja que busque la carroña, no podría vivir del alimento que corresponde a los leones.

Ahora tráiganme un lobo y ustedes me preguntan si un lobo puede alimentarse de hierba, si puede ser tan dócil y domesticado como la oveja. Yo respondo que no, pues su naturaleza va en contra de todo eso. Ustedes dicen: "Bien, tiene orejas y patas. ¿Acaso no puede oír la voz del pastor y seguirlo adonde quiera que vaya?" Yo respondo: ciertamente. No hay ninguna causa física por la que no pueda hacerlo, pero su naturaleza se lo impide, y por lo tanto digo que no puede hacerlo. ¿Acaso no puede ser domesticado? ¿No puede desaparecer su naturaleza feroz?

Probablemente pueda someterse de tal manera que puede llegar a parecer manso, pero siempre habrá una marcada diferencia entre el lobo y la oveja, ya que hay una distinción en sus naturalezas. Ahora, la razón de por qué el hombre no puede venir a Cristo no es porque no pueda venir por alguna razón relacionada con su cuerpo o con el simple poder de su mente. El hombre no puede venir a Cristo porque su naturaleza está tan corrompida que no tiene ni la voluntad ni el poder para venir a Cristo a menos que sea traído por el Espíritu.

Pero déjenme darles un mejor ejemplo. Vemos a una madre con su bebé en sus brazos. Ustedes le dan un cuchillo y le dicen que le dé al bebé una puñalada en el corazón. Ella responde en verdad, de todo corazón: "No puedo." Ahora, en lo que se refiere a su poder físico, ella podría si quisiera. Tiene un cuchillo y tiene al niño. El pequeño está indefenso y la madre tiene la suficiente fuerza en su mano para darle una puñalada. Pero tiene mucha razón cuando dice que no puede hacerlo. Es muy posible, como un simple acto de su mente, que la madre piense en matar a su hijo y sin embargo ella dice que no puede pensar en tal cosa. Y no miente cuando dice eso, porque su naturaleza de madre no le permite hacer algo frente a lo cual su alma se rebela.

Simplemente debido a que es la madre del niño ella siente que no puede matarlo. Sucede lo mismo con el pecador. Venir a Cristo es tan detestable para la naturaleza humana que aunque los hombres podrían venir a Cristo si quisieran (al menos en lo que concierne a las fuerzas físicas y mentales y estas por cierto tienen una muy reducida esfera de acción en la salvación), es estrictamente correcto decir que ni quieren ni pueden venir, a menos que el Padre que ha enviado a Cristo, les traiga. Vamos a profundizar más en este tema, tratando de mostrarles en qué consiste esta incapacidad humana en sus más mínimos detalles.

1. En primer lugar tenemos la rebeldía de la voluntad humana. "Oh," dice el arminiano, "los hombres pueden salvarse si ellos quieren." Respondemos: "mi querido señor, todos creemos en eso. Pero es precisamente en el si ellos quieren donde está el problema. Afirmamos que nadie quiere venir a Cristo a menos que sea traído. No, no lo afirmamos nosotros sino que el mismo Cristo lo declara así: "Y no queréis venir a mí para que tengáis vida." Y mientras ese "no queréis venir" permanezca en la Santa Escritura, Cristo nunca podrá ser convencido de creer en ninguna doctrina de la libertad de la voluntad hombre.

Es sorprendente cómo la gente, al abordar el tema del libre albedrío, habla de cosas sobre las que no entiende absolutamente nada. "Bueno" dice alguien, "yo creo que los hombres pueden ser salvos si quisieran." Mi querido amigo, ésa no es para nada la pregunta. La pregunta es: ¿tienen los hombres la inclinación natural a someterse a las humillantes condiciones del evangelio de Cristo? Declaramos, con base en la autoridad de la Biblia, que la voluntad humana está tan desesperadamente inclinada al mal, tan depravada, tan orientada a todo lo que es malo, tan opuesta a todo lo que es bueno, que sin la influencia poderosa, sobrenatural e irresistible del Espíritu Santo, ninguna voluntad de hombre podrá ser obligada a ir a Cristo.

Tú respondes que a veces los hombres sí quieren ir, sin la ayuda del Espíritu Santo. Yo digo: ¿has conocido a alguien que sí quería? Yo he conversado con muchos cientos, no, con miles de cristianos, todos con diferentes puntos de vista, unos jóvenes y otros viejos, pero nunca he tenido la suerte de conocer a uno que pudiera afirmar que vino a Cristo por su propia voluntad, sin necesidad de ser traído. La confesión universal de todos los verdaderos creyentes es esta: "Yo sé que si Jesucristo no me hubiera buscado cuando yo era un extraño completamente alejado del redil de Dios, aun hasta este momento estaría caminando errante muy lejos de Él, a gran distancia de Él y amando esa distancia cada vez más." Todos los creyentes afirman, en un consenso general, la verdad de que los hombres no vendrán a Cristo hasta que el Padre que ha enviado a Cristo, les traiga.

2. Otra vez, no sólo la voluntad es obstinada, sino que el entendimiento está oscurecido. De todo esto tenemos abundantes pruebas en la Escritura. No estoy haciendo simples aseveraciones ahora, sino que estoy declarando doctrinas que son enseñadas con autoridad en las Santas Escrituras y conocidas en la conciencia de cada cristiano: que el entendimiento del hombre está de tal manera entenebrecido que no puede entender las cosas de Dios de ninguna manera, hasta que su entendimiento sea abierto. El hombre interior es ciego por naturaleza. La cruz de Cristo, tan cargada de glorias y brillando con todo tipo de atractivos, nunca le atrae, porque está ciego y no puede ver sus maravillas. Háblale de las maravillas de la creación. Muéstrale el arco iris que surca el cielo. Déjale mirar las glorias de un paisaje. Claro que estas cosas sí las puede ver.

Pero háblale de las maravillas del Pacto de Gracia, coméntale acerca de la seguridad que tiene el creyente en Cristo, dile las bellezas de la Persona del Redentor, y verás que está sordo a todas tus descripciones. O regresemos al versículo que notamos de manera especial en nuestra lectura: "El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura, y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente," y en tanto que es un hombre natural, no tiene el poder de discernir las cosas de Dios. "Bien", dice uno, "creo que he desarrollado un criterio razonable en los temas de teología. Pienso que casi puedo entenderlo todo."

Cierto, puedes haberlo logrado en cuanto a la letra. Pero en su espíritu, y en una verdadera recepción que penetre hasta el alma y su comprensión verdadera, no puedes haberlas logrado, a menos que hayas sido traído por el Espíritu. Pues en tanto que esta Escritura sea verdad, es decir que el hombre carnal no puede entender las cosas espirituales, es imposible que las hayas entendido, a menos que hayas sido regenerado y hayas sido hecho un hombre espiritual en Cristo Jesús. Entonces la voluntad y el entendimiento son dos grandes puertas, impidiendo ambas nuestro paso para venir a Cristo. Y hasta que estas puertas no sean abiertas por las dulces influencias del Espíritu Divino, están cerradas para siempre para todo lo relacionado a venir a Cristo.

3. Otra vez, los afectos, que constituyen una buena parte del hombre, son depravados. El hombre tal como es antes de recibir la gracia de Dios, ama cualquier cosa más que las cosas espirituales. Si quieres una prueba de esto, mira a tu alrededor. No se necesita un monumento en honor a la depravación de los afectos humanos. Mira a cualquier lugar: no hay ni una sola calle, ni una sola casa, no, ni un solo corazón que no muestre la triste evidencia de esta terrible verdad. ¿A qué se debe que los hombres no se congreguen en todas partes del mundo en la casa de Dios el domingo? ¿Por qué no nos dedicamos más a la lectura de la Biblia? ¿Por qué la oración es un deber casi universalmente descuidado? ¿Por qué se ama tan poco a Cristo? ¿Por qué quienes profesan ser sus discípulos son tan fríos en el afecto hacia Él?

¿De dónde proceden estas cosas? Con toda seguridad, hermanos, no podemos encontrar otra fuente sino ésta: la corrupción y contaminación de los afectos. Amamos lo que debemos odiar y odiamos lo que debemos amar. La razón por la que amamos más esta vida que la vida venidera, es la naturaleza humana, la naturaleza humana caída. No es sino por efecto de la Caída que amamos más al pecado que a la justicia, y a los caminos de este mundo más que a los caminos de Dios. Y repetimos de nuevo, hasta que estos afectos sean renovados y convertidos en un nuevo canal por medio del llamado soberano del Padre, no es posible que ningún hombre ame al Señor Jesucristo.

4. Otra vez, la conciencia también ha sido dominada completamente por la Caída. Creo que el mayor error que comenten los teólogos es cuando le dicen a la gente que la conciencia es representante de Dios en el alma y que es uno de esos poderes que retienen su antigua dignidad alzándose erguido entre sus compañeros caídos. Hermanos míos, cuando el hombre cayó en el huerto del Edén, la humanidad entera cayó. No hubo ni un solo pilar del templo humano que permaneciera erguido. Es cierto, la conciencia no fue destruida. El pilar no se rompió. Cayó, y cayó en una sola pieza, y allí quedó como el más poderoso fragmento de lo que fue una vez la obra perfecta de Dios en el hombre.

Pero esa conciencia está caída, estoy seguro. Simplemente miren a los hombres. ¿Quién posee, de todos los hombres, "una buena conciencia delante de Dios," sino el hombre regenerado? ¿Piensan ustedes que si las conciencias de los hombres les hablaran siempre de manera fuerte y clara, vivirían cometiendo cada día actos tan opuestos a la justicia como las tinieblas se oponen a la luz? No, amados; la conciencia me puede decir que soy un pecador, pero esa conciencia no me puede hacer sentir que soy un pecador. La conciencia me puede decir que tal y tal cosa es mala, pero qué tan mala es, esa misma conciencia no lo sabe.

¿Acaso le ha dicho la conciencia alguna vez a algún hombre, sin la iluminación del Espíritu, que sus pecados merecen la condenación? O si alguna conciencia alguna vez hizo eso, ¿guió a ese hombre a sentir el aborrecimiento del pecado como pecado? De hecho, ¿alguna vez una conciencia trajo al hombre a tal negación de sí mismo que llegó a sentir aborrecimiento de sí y de todas sus obras y la necesidad de venir a Cristo? No, la conciencia aunque no está muerta, está arruinada. Su poder está dañado, ya no tiene esa agudeza visual ni esa mano poderosa ni esa voz de trueno que tuvo antes de la Caída. Ha dejado de ejercer, hasta cierto punto, su supremacía en la ciudad del Alma del hombre. Entonces, amados, debido a la depravación de la conciencia, se requiere que el Espíritu Santo intervenga para mostrarnos nuestra necesidad de un Salvador y para traernos al Señor Jesucristo.

"Sin embargo," dirá alguno, "en todo lo que has dicho hasta ahora, me da la impresión que consideras que la razón por la que los hombres no vienen a Cristo es que ellos no quieren en lugar que no pueden." Cierto, muy cierto. Creo que la razón de mayor importancia de la incapacidad del hombre es la rebeldía de su voluntad. Una vez que se supera esa rebeldía, creo que se ha quitado esa gran piedra que tapa el sepulcro y ya está ganada la parte más dura de la batalla. Pero permítanme ir un poco más lejos. Mi texto no dice: "Ningún hombre quiere venir," sino que dice: "Ningún puede venir." Ahora, muchos comentaristas creen que la palabra puede no es más que una expresión que no conlleva otro significado más que el de quiere. Estoy convencido que esto no es correcto.

No solamente hay en el hombre una renuencia a ser salvado sino que también hay impotencia espiritual para venir a Cristo. Y esto se lo puedo demostrar a cualquier cristiano con mucha facilidad. Amados, me dirijo a los que ya han sido vivificados por la gracia divina. ¿No les enseña su experiencia que hay momentos en los cuales quieren servir a Dios pero que sin embargo no pueden hacerlo? ¿No se han visto obligados a veces a decir que han querido creer, pero que han tenido que orar: "Señor, ayuda mi incredulidad"? Porque, a pesar de que tienen todo el deseo de recibir el Testimonio de Dios, su propia naturaleza carnal ha sido demasiado poderosa para ustedes de tal manera que han sentido la necesidad de ayuda sobrenatural.

¿Puedes tú entrar en tu habitación a cualquier hora y caer de rodillas y decir: "Bien, quiero ser diligente en la oración y estar más cerca de Dios."? Yo te pregunto: ¿ves que tu poder es igual a tu querer? ¿Podrías afirmar, incluso ante el mismo tribunal de Dios, que estás seguro de no estar equivocado en cuanto a este querer? Tú quieres ser envuelto en devoción. Deseas no alejarte de la pura contemplación del Señor Jesucristo, pero te das cuenta que no puedes lograrlo, aun queriéndolo, sin la ayuda del Espíritu.

Pues bien si el hijo de Dios, que tiene nueva vida, encuentra una incapacidad espiritual, ¿cuánto más no la encontrará el pecador que está muerto en delitos y pecados? Si el cristiano maduro, después de treinta o cuarenta años, aun encuentra que quiere pero no puede; si tal es su experiencia ¿no parece más que probable que el pobre pecador que todavía es incrédulo necesite tanto el poder como el querer?

Pero hay otro argumento todavía. Si el pecador tiene poder para venir a Cristo, me gustaría saber cómo debemos interpretar las continuas descripciones de la situación del pecador que encontramos en la Santa Palabra de Dios. Ahora bien, se dice que un pecador está muerto en delitos y pecados. ¿Podrías afirmar que la muerte sólo significa la ausencia de la voluntad? Ciertamente un cadáver es tanto incapaz como renuente. ¿O acaso no ven todos los hombres que hay una distinción entre querer y poder? ¿No podría ese cadáver ser lo suficientemente revivido para tener voluntad y sin embargo ser tan impotente que ni siquiera puede mover su mano o su pie? ¿Acaso no hemos visto casos de personas que han sido suficientemente reanimadas para mostrar evidencias de vida, pero que sin embargo han estado tan cerca de la muerte que no han podido hacer el más leve movimiento?

¿No hay una clara diferencia entre dar el querer y dar el poder? Sin embargo, es muy cierto que donde se da el querer se tendrá el poder. Logren que un hombre quiera y ese hombre será hecho poderoso, pues cuando Dios da el querer, Él no atormenta al hombre haciéndolo desear eso que no puede alcanzar. Sin embargo, Dios hace tal división entre el querer y el poder, que se ve que ambas cosas son dones muy distintos del Señor nuestro Dios.

A continuación tengo que hacer otra pregunta. Si eso fuera todo lo que el hombre necesita para querer ¿no se degrada con eso de inmediato al Espíritu Santo? ¿No tenemos la costumbre de dar toda la gloria de la salvación obrada en nosotros a Dios el Espíritu Santo? Pero si todo lo que el Dios el Espíritu Santo hace por mí es darme el querer hacer estas cosas por mí mismo, ¿no nos hacemos partícipes en gran medida de su gloria? Y ¿no podría entonces ponerme de pie y decir con toda osadía: "Es cierto que el Espíritu mi dio la voluntad de hacer esto, pero aun así, yo lo hice por mí mismo y por lo tanto yo también puedo gloriarme. Puesto que yo hice todas estas cosas sin ayuda de lo alto, no voy a arrojar mi corona a Sus pies. Es mi corona, yo me la gané y yo la voy a conservar."?

Mientras en la Escritura se diga que el Espíritu Santo es siempre la Persona que obra en nosotros tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad, mantendremos como una legítima conclusión que Su obra consiste en algo más que en hacernos querer. Por lo tanto debe haber algo más que la falta de querer en un pecador. Debe haber una real y absoluta falta de poder.

Ahora, antes de dejar este tema, permítanme decirles esto. A menudo se me acusa de predicar doctrinas que pueden hacer mucho daño. Pues bien, no voy a negar esa acusación, pues no soy cuidadoso cuando respondo en esta materia. Aquí están presentes varios testigos que pueden corroborar que las cosas que he predicado han hecho mucho daño, no a la moralidad o a la Iglesia de Dios. El daño se le ha hecho a Satanás. No son uno ni dos, sino muchos cientos los que se gozan en esta mañana de haber sido traídos a Dios. Han sido traídos a conocer y a amar al Señor Jesucristo después de haber sido profanos quebrantadores del día de guardar, borrachos o personas mundanas. Y si esto es hacer daño, que Dios en su infinita misericordia nos envíe más de estos males.

Pero aún hay más: ¿qué verdad hay en el mundo que no hiera al que quiera ser herido por ella? Los que predican la redención general gustan de proclamar la gran verdad de la misericordia de Dios hasta el último momento. Pero, ¿cómo se atreven a predicar eso? Muchas personas son afectadas al posponer el día de la gracia, convencidos que la última hora es tan buena como la primera. Pues qué, si predicáramos cualquier cosa que el hombre puede utilizar indebidamente o puede abusar de ello, entonces deberíamos guardar silencio para siempre. Todavía hay quien dice: "Pues bien, si yo no puedo salvarme a mí mismo, y no puedo venir a Cristo, debo quedarme quieto y no hacer nada."

Si hay hombres que dicen eso, serán condenados. Les hemos repetido con mucha claridad que hay muchas cosas que pueden hacer. Encontrarse continuamente en la casa de Dios está en su poder. Estudiar la Palabra de Dios con diligencia está en su poder. Renunciar a los pecados visibles, abandonar los vicios que ustedes practican, lograr que su vida sea honesta, sobria y justa está en su poder. Para esto no necesitan ninguna ayuda del Espíritu Santo. Todo esto lo pueden hacer ustedes solos. Pero venir a Cristo ciertamente no está en su poder hacerlo si antes no han sido renovados por el Espíritu Santo. Pero vean que su falta de poder no es ninguna excusa, dado que no tienen ningún deseo de venir y están viviendo en una rebelión voluntaria contra Dios. Su falta de poder radica principalmente en la obstinación de su naturaleza.

Supongan que un mentiroso dice que no está en su poder decir la verdad, que ha sido un mentiroso por tanto tiempo que no puede dejar la mentira. ¿Sería eso una excusa para él? Supongan que un hombre que durante mucho tiempo se ha entregado a sus concupiscencias, les dice que está tan aprisionado por ellas como por una gran red de hierro, que no puede librarse de ellas. ¿Aceptarían eso como una excusa? Ciertamente no lo es. Si un borracho se ha vuelto tan alcohólico que le resulta imposible pasar frente a una cantina sin entrar en ella, ¿le disculparían por eso? No, puesto que su incapacidad para reformarse está en su naturaleza , que no quiere ni reprimir ni conquistar.

El acto y la causa de ese acto, ambos provienen de la raíz de pecado y son dos males que no pueden excusarse el uno al otro. Es debido a que aprendieron a hacer el mal que ahora no pueden aprender a hacer el bien, y por tanto, en lugar de permitirles que se sienten y comiencen a buscar excusas, déjenme poner un rayo debajo de su pereza, para que se asusten verdaderamente y se levanten.

Recuerden que no hacer nada es quedar condenados por toda la eternidad. ¡Oh, que Dios el Espíritu Santo quiera usar esta verdad en un sentido muy diferente! Confío en que antes de terminar podré mostrarles cómo es que esta verdad, que aparentemente condena a los hombres y les cierra las puertas es, después de todo, la gran verdad que ha sido bendecida para la conversión de los hombres.

II. Nuestro segundo punto es LAS FORMAS QUE EL PADRE EMPLEA. "Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere." Entonces, ¿cómo trae el Padre a los hombres? Los teólogos arminianos generalmente afirman que Dios trae a los hombres por la predicación del Evangelio. Muy cierto. La predicación del Evangelio es el instrumento para traer a los hombres, pero tiene que haber algo más que esto. Déjenme preguntarles: ¿a quién dirigió Cristo estas palabras? Pues, a la gente de Capernaum, donde Él había predicado con frecuencia, donde había pronunciado tristemente y lamentando, los ¡ayes! de la Ley y las invitaciones del Evangelio. ¡En esa ciudad había realizado poderosas obras y había hecho muchos milagros!

En efecto, tantas enseñanzas y tantos testimonios milagrosos les habían dado, que Él declaró que Tiro y Sidón se habrían arrepentido desde mucho tiempo atrás en cilicio y ceniza, si hubieran sido bendecidas con tales privilegios. Ahora si la predicación del propio Cristo no bastó para hacer capaces a estos hombres para venir a Cristo, no puede ser posible que todo lo que se necesitaba para que el Padre trajera a los hombres era simplemente la predicación. No, hermanos, fíjense bien, Él no dice que ningún hombre puede venir a menos que el ministro lo trajere, sino que dice: a menos que el Padre lo trajere.

Ahora bien, existe tal cosa como ser traído por el Evangelio y ser traído por el ministro sin ser traído por Dios. Claramente es una atracción divina la que se quiere describir con esto, una atracción del Dios Altísimo, la Primera Persona de la Santísima Trinidad que envía a la Tercera Persona, el Espíritu Santo, para inducir a los hombres a venir a Cristo. Otra persona se voltea y dice con una sonrisa burlona: "Entonces, ¿piensas que Cristo arrastra a los hombres hacia Él, al ver que ellos que no quieren?" Recuerdo una conversación con alguien que me dijo una vez: "Tú predicas que Cristo arrastra a la gente tomándola de los cabellos y los lleva hacia Él." Yo le pedí que me diera la fecha del sermón en que prediqué esa extraordinaria doctrina, pues si la recordaba, se lo iba a agradecer. Sin embargo, no pudo recordarla.

Pero respondí que, si bien es cierto que Cristo no arrastra a la gente tomándolos de los cabellos, creo que los atrae tomándolos del corazón de manera tan poderosa como el ejemplo que tu caricatura sugiere. Fíjense bien que en la atracción del Padre no hay ningún tipo de compulsión. Cristo nunca obligó a nadie a venir a Él en contra de su voluntad. Si un hombre no quiere ser salvado, Cristo no lo salva en contra de su voluntad. Entonces, ¿cómo le trae el Espíritu Santo? Pues, haciendo que quiera venir. Es cierto que utiliza la "persuasión moral." Él conoce un método más cercano para tocar el corazón. Va a la fuente secreta del corazón y Él sabrá cómo, por medio de alguna operación misteriosa, cambia la voluntad y la pone mirando en la dirección contraria de tal manera que el hombre es salvado "con pleno consentimiento en contra de su voluntad" es decir, en contra de su vieja voluntad es salvado, citando las palabras paradójicas de Ralph Erskine.

Pero él es salvado con su pleno consentimiento porque se le ha infundido el querer en el día del poder de Dios. No se imaginen que alguien vaya a ir al cielo pataleando todo el camino y forcejeando contra la mano que lo lleva. No piensen que alguien va a ser lanzado para que se bañe en la sangre del Salvador al tiempo que él trata de huir del Salvador. Oh, no. Es cierto que antes que nada el hombre no quiere ser salvado. Cuando el Espíritu Santo pone su influencia en el corazón, se cumple la Escritura: "Atráeme en pos de ti. ¡Corramos!" Lo seguimos en tanto que Él nos lleva, contentos de obedecer la voz que antes habíamos despreciado. Pero el punto central está en el cambio de la voluntad.

Cómo ocurre esto, nadie lo sabe. Es uno de esos misterios claramente percibidos como un hecho, pero cuya causa ninguna lengua puede declarar y ningún corazón puede adivinar. Sin embargo, sí les podemos decir la manera aparente en que el Espíritu Santo opera. Lo primero que el Espíritu Santo hace cuando entra al corazón de un hombre es esto: lo encuentra dotado con una muy buena opinión de sí mismo. Y no hay nada que impida tanto a un hombre venir a Cristo como una buena opinión de sí mismo. Dice el hombre: "Yo no quiero venir a Cristo. Yo tengo mi propia justicia tan buena como cualquiera pudiera desearla. Siento que puedo entrar al cielo con mis propios méritos."

El Espíritu Santo desnuda su corazón, le permite ver el cáncer repugnante que está allí consumiendo su vida, le descubre toda la negrura y la inmundicia de esa alcantarilla del infierno, es decir, el corazón del hombre. Entonces el hombre se horroriza, "Nunca pensé que yo fuera así. Oh, esos pecados que yo consideré pequeños han alcanzado una estatura inmensa. Lo que pensé que no era más que un montón de tierra ha crecido hasta llegar a ser una montaña. Lo que no era más que una plantita creciendo en la pared se ha convertido en un cedro del Líbano." "Oh," piensa el hombre, "voy a tratar de reformarme. Haré las buenas obras que se necesiten para borrar todas mis negras acciones."

Entonces viene el Espíritu Santo y le muestra que no puede hacer esto, le quita el poder imaginario y la fuerza que estaba en la fantasía, de tal forma que el hombre cae de rodillas en agonía y exclama: "Oh, pensé una vez que podía salvarme por mis buenas obras, pero ahora me doy cuenta que:

"Mis lágrimas podrían rodar eternamente,
Mi celo podría no conocer el descanso;
Mi pecado no puede ser expiado con nada
Sólo Tú puedes salvar, Señor debes salvarme."


Entonces el corazón se despierta y el hombre está al borde de la desesperación. Y exclama: "No podré ser salvo nunca. Nada puede salvarme." Entonces llega el Espíritu Santo y muestra la Cruz de Cristo al pecador, le da ojos ungidos con colirio del cielo y le dice: "Mira a esa Cruz. Ese Hombre murió para salvar a los pecadores. Sientes que eres un pecador. Él murió para salvarte." Y Él hace que el corazón crea y venga a Cristo. Y cuando viene a Cristo porque el Espíritu le ha traído dulcemente, encuentra "la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, la cual guardará su corazón y pensamientos en Cristo Jesús Señor nuestro." Ahora podrán darse cuenta con toda claridad que todo esto puede hacerse sin necesidad de ninguna compulsión. El hombre es traído tan de buena gana que es como si no fuera traído. Y viene a Cristo dando su pleno consentimiento, tan de buena gana como si ninguna secreta influencia hubiera sido aplicada a su corazón. Pero esa influencia debe ser aplicada, pues nunca ha habido nadie, ni tampoco lo habrá, que pueda o que quiera venir al Señor Jesucristo.

III. Y ahora nos preparamos para llegar a una conclusión tratando de hacer una aplicación práctica de esta doctrina. Confiamos que también sirva de consuelo. "Bien", dirá alguno, "si lo que este hombre predica es cierto, ¿en qué se convertirá mi religión? Porque habrás de saber que durante mucho tiempo me he estado esforzando y no me gusta que me digas que un hombre no se puede salvar a sí mismo. Yo sí creo que puede, y por lo tanto pretendo perseverar en ese esfuerzo. Pero si creo lo que tú dices, debo abandonarlo todo y comenzar de nuevo." Queridos amigos, sería algo muy bueno que lo intenten. No crean que vaya a reaccionar con alarma si lo hacen.

Recuerden, están construyendo su casa sobre la arena y sólo es un acto de caridad que yo la sacuda un poco. Les aseguro, en el nombre de Dios, que si su religión no tiene un mejor fundamento que la propia fuerza de ustedes, no podrán resistir el juicio de Dios. Nada durará por toda la eternidad que no haya venido de la eternidad. A menos que el Dios eterno haya hecho una buena obra en su corazón, todo lo que puedan haber hecho será descubierto en el último día en el que se rendirán cuentas. Es en vano que vayan a la iglesia o a la capilla, que observen el domingo, que oren asiduamente. Es en vano que sean honestos con sus vecinos y que su conversación sea siempre honorable. Si tienen la esperanza de ser salvos por medio de estas cosas, es totalmente en vano que confíen en eso.

Adelante, sean tan honestos como quieran. Guarden perpetuamente el domingo, sean tan santos como puedan. No los voy a disuadir de hacer estas cosas. Dios no lo quiera. Crezcan en ellas pero no confíen en ellas. Pues si confían en ellas encontrarán que no funcionan cuando más las necesiten. Y si hay algo más que ustedes crean que pueden hacer sin la ayuda de la Divina Gracia, entre más pronto se liberen de la esperanza que se pudo haber engendrado así, mejor para ustedes, pues es una vana ilusión confiar en algo hecho por la carne.

Un cielo espiritual debe ser habitado por hombres espirituales y la preparación para entrar allí debe ser realizada por el Espíritu de Dios. "Bien", exclama uno, "yo he estado participando en un grupo donde se me ha dicho que yo podía, por decisión propia, arrepentirme y creer y la consecuencia de eso es que he venido posponiendo esa decisión cada día. Pensé que podía venir en el día que yo quisiera. Que yo sólo tenía que decir: "Señor, ten misericordia de mí," y creer, y entonces sería salvo. Ahora usted me ha arrebatado toda esta esperanza, señor. Siento que el asombro y el horror se apoderan de mí." De nuevo digo: "Mi querido amigo, eso me da mucho gusto. Este era el efecto que yo esperaba conseguir, por la gracia de Dios. Ruego que sientas cada vez más eso. Cuando ya no tengas ninguna esperanza de salvarte a ti mismo, tendré la esperanza de que Dios ha comenzado a salvarte.

Tan pronto como tú digas: "Oh, no puedo venir a Cristo. Señor, toma mi mano, ayúdame," me regocijaré por ti. El que tiene el querer, aunque no tenga el poder, siente que la gracia ha comenzado a trabajar en su corazón y Dios no lo dejará hasta que el trabajo haya sido terminado. Pero tú, pecador despreocupado, aprende que tu salvación está ahora en las manos de Dios. Oh, recuerda que tú estás enteramente en las manos de Dios. Has pecado contra Él y si Él quiere condenarte, condenado estás. No puedes resistir Su voluntad, ni frustrar su propósito. Has merecido Su ira y si Él elige derramar la abundancia de su ira sobre tu cabeza, tú no puedes hacer nada para impedirlo.

Si por otro lado, Él elige salvarte, Él es capaz de hacerlo completamente. Pero tú estás en Su mano de la misma manera que lo puede estar la mariposa del verano bajo tu propio dedo. Él es el Dios al que ofendes cada día. ¿No tiemblas cuando piensas que tu destino eterno cuelga ahora de la voluntad de Aquel a quien has enojado y enfurecido? ¿No chocan temblando tus rodillas y no se te congela la sangre? Si es así, me da mucho gusto, puesto que esto puede ser el primer efecto en tu alma de la atracción del Espíritu. Oh, tiembla al pensar que el Dios al que has airado es el mismo Dios del que depende enteramente tu salvación o tu condenación. Temblando "besad al Hijo, porque no se enoje y perezcáis en el camino, cuando se encendiere un poco su furor."

Ahora, la reflexión que consuela es esta: algunos de ustedes están conscientes en esta mañana que están viniendo a Cristo. ¿No han comenzado a llorar la lágrima penitencial? ¿Acaso su habitación no fue testigo mudo de la preparación por la que pasaron, en medio de oraciones, para venir a escuchar la Palabra de Dios? Y durante el culto esta mañana, ¿no susurraba su corazón esta palabras: "Señor, sálvame o perezco, porque yo no puedo salvarme a mí mismo? ¿No podrían acaso ahora ponerse de pie, aun sobre los asientos y cantar:

"Oh, Gracia Soberana, somete mi corazón;
Quiero ser llevado en triunfo, también,
Un cautivo voluntario de mi Señor quiero ser,
Para cantar el triunfo de Su Palabra."


Y ¿no he escuchado yo mismo que dicen en su corazón: "Jesús, Jesús, toda mi confianza está en Ti. Yo sé que ninguna justicia propia puede salvarme, sino sólo Tú. Oh Cristo, pase lo que pase, me arrojo por completo en tus manos? Oh, mis hermanos y hermanas, ustedes son traídos por el Padre, pues ustedes no hubieran podido venir si Él no los hubiera traído. ¡Cuán dulce es ese pensamiento! Y si Él los ha traído ¿saben cuál es la conclusión maravillosa? Déjenme repetir solamente un texto, esperando que les traiga consuelo: "Jehovah se manifestó a mí ya mucho tiempo ha, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te soportaré con misericordia."

Sí, mis pobres hermanos y hermanas que lloran, en la medida en que están viniendo a Cristo ahora, el Padre los ha traído. Y en la medida que Él los ha traído, tienen la prueba que Él los ha amado desde antes de la fundación del mundo. ¡Dejen que su corazón dé saltos de alegría, ustedes Le pertenecen! El nombre de cada uno de ustedes fue escrito en las manos del Salvador cuando fueron clavadas al maldito madero. El nombre de cada uno de ustedes brilla hoy en el pectoral del grandioso Sumo Sacerdote. Y estaba ya allí antes que el lucero de la mañana conociese su lugar o los planetas tuvieran su órbita. ¡Gócense en el Señor, todos ustedes que han venido a Cristo, y den voces de alegría, todo ustedes que han sido traídos por el Padre. Pues esta es la prueba con que cuentan, su solemne testimonio, de que han sido elegidos en eterna elección de entre todos los hombres y de que serán guardados por el poder de Dios, por medio de la fe, para la salvación que está lista para ser revelada!


EL SINDROME DEL HERMANO MAYOR

El síndrome es descrito en una forma memorable en el cap. 15 del evangelio de Lucas, en la parábola comúnmente conocida como “El hijo pródigo”. Lo primero que debemos notar en este pasaje es que esta parábola fue dirigida primariamente a los escribas y fariseos, los máximos representantes del legalismo en aquellos días (comp. Lc. 15:1-3).
La historia es muy familiar. El hijo más joven de la familia pide a su padre que le de la parte de la herencia que le corresponde. El padre accede, y este joven insensato desperdicia sus bienes, hasta que se ve sumido en una gran necesidad. Pero de repente recapacita y decide volver a casa de su padre a pedirle que lo emplee como uno de sus jornaleros. El padre lo ve de lejos, corre hacia él, y antes de que el joven pueda pronunciar el discurso que ha ensayado, el padre decide hacer una fiesta por todo lo alto, en honor de su hijo que ha regresado.
Pero hay otro hijo en la historia que muchas veces pasamos por alto, a pesar de ser un personaje protagónico, el hermano mayor, el que había vivido una vida ordenada y obediente.
Cuando este hermano llega del campo y ve que se estaba celebrando una fiesta en honor a su hermano descarriado que ha regresado a casa, en vez de alegrarse se enoja profundamente. El padre sale entonces a rogarle para que entrara a la fiesta, pero él se negó rotundamente:
“He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo”.
Aquí está el síndrome del hermano mayor: “Yo he obedecido las reglas, pero no he recibido nada a cambio”. Como dice Timothy Keller, en su excelente libro The Prodigal God (“El Dios pródigo”): Aquellos que son como este hermano mayor, “creen que si viven una vida buena van a obtener a cambio una buena vida”. Ellos no obedecen a Dios por amor a Dios, sino por lo que pueden obtener de Él a cambio de su obediencia.
Si algo queda claro en esta parábola es que el hermano mayor no amaba realmente a su padre. Si lo hubiera amado se hubiera gozado con él al haber recibido a su hijo de vuelta. Pero su enojo reveló lo que había en su corazón.
Como dice T. Keller: “Al final de la historia, el hermano mayor tuvo una oportunidad de agradar verdaderamente a su padre participando de la fiesta. Pero su resentido rechazo mostró que la alegría de su padre no era su objetivo”.
Y luego añade: “Si al igual que el hermano mayor, tu procuras controlar a Dios a través de tu obediencia, entonces toda tu moralidad no es otra cosa que una manera de usar a Dios para que te de las cosas de esta vida que tu realmente quieres”.
Este otro hijo era un legalista, y el legalista cree que puede controlar a Dios: “Si hago esto o aquello, Dios hará esto y lo otro”. “Su obediencia está orientada hacia los resultados” (Keller). “Me estoy portando bien, Señor, así que espero que me trates bien”.
Pero la vida no funciona así. Y cuando las cosas no salen como el legalista esperaba, entonces se molesta profundamente por la injusticia que se ha cometido en su contra.
Esa fue la acusación del hermano mayor contra su padre. “Tú has sido injusto conmigo. Mira todo lo que he hecho en obediencia a ti, y ¿qué es lo que he recibido a cambio?” Por eso es que nunca encontraremos a un legalista feliz, como escuché a alguien decir en cierta ocasión. El legalismo produce un cristianismo sin gozo y quejumbroso.
Y la única manera en que podemos librarnos de ese síndrome, que ataca también a los cristianos, es recodar continuamente que todo lo que recibimos de la mano de Dios lo recibimos de pura gracia, y todo en virtud de los méritos de Cristo.
Mucha gente tiende a pensar que la antítesis del legalismo es el liberalismo. Por tal razón, cuando hablas en contra de uno de estos extremos, muchos presuponen que debes estar en el otro.
Sin embargo, estos dos hermanos, el menor y el mayor, representaban esos dos extremos, y los dos estaban igualmente perdidos. Esas no son las únicas dos opciones que hay.
Si queremos darle un golpe mortal al legalismo, el arma que debemos usar no es el liberalismo, sino el evangelio. Solo un entendimiento del evangelio de la gracia de Dios en Cristo puede mantener a raya el avance del legalismo en nuestros corazones y en la iglesia.

por: SUGEL MICHELEN
Pastor Iglesia Biblica de Nuestro Señor Jesucristo

domingo, 5 de septiembre de 2010

miércoles, 1 de septiembre de 2010

EVANGELISMO PSICOLOGICO






Este falso Evangelismos MODERNO se encuentra en la mayoria de las Iglesias que se dicen ser EVANGELICAS en la actualidad, creando gran MULTIDUD de gentes INCONVERSAS que se creen SALVAS por que alguna vez hicieron una oracion, sin tener ninguna EVIDENCIA BIBLICA que son CRISTIANOS.

1 DE JUAN
2:3 Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.
2:4 El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él;
2:5 pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.

viernes, 27 de agosto de 2010

LOS CINCO PUNTOS ARMINIANOS VS LOS CINCO PUNTOS CALVINISTA

Los cinco puntos arminianos =VS= Los cinco puntos calvinistas

​Difícilmente hay otra palabra que despierte tanta sospecha, desconfianza y aun animadversión entre quienes profesan el cristianismo, como la palabra Calvinismo. Y sin embargo, el rechazo que brota contra este sistema y contra todos aquellos que lo abrazan y lo predican, es un celo que no es conforme a ciencia. El siguiente artículo ha sido escrito con la esperanza de que mucho del insulto que ha sido arrojado sobre el sistema de teología calvinista sea retirado; y de que la verdad de esta gran enseñanza, la cual fue la columna vertebral de nuestros padres en la fe, y fortaleza de la iglesia en una época mucho más gloriosa que la nuestra, pueda ser vista con claridad.

​Los Cinco Puntos del Calvinismo

Por W. J. Seaton
(Pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Inverness, Escocia)

Introducción

Debemos empezar en Holanda, en el año de 1610. En este año, Jacobo Arminio, profesor de teología, muere, y sus enseñanzas son formuladas por sus seguidores, conocidos como "arminianos," en cinco puntos principales de doctrina. Hasta ese momento, las iglesias de Holanda, en común con la mayoría de las iglesias protestantes de Europa, habían adoptado las Confesiones de Fe de Bélgica y de Heidelberg, las cuales se apegan a las enseñanzas Reformadas (es decir, calvinistas). Sin embargo, los arminianos querían cambiar esta posición, y presentaron sus cinco puntos en la forma de una queja o protesta ante la Corte holandesa. Los cinco puntos del arminianismo eran los siguientes:

1. El libre albedrío o la capacidad humana. Este punto enseñaba que el hombre, aunque afectado por la caída de Adán, tenía la capacidad espiritual de escoger el bien espiritual, y era capaz de ejercitar la fe en Dios, a fin de recibir el Evangelio, y de este modo obtener por sí mismo la salvación.
2. La elección condicional. Este punto enseñaba que Dios puso Sus manos sobre todos aquellos individuos que sabía, o preveía, que iban a responder al Evangelio. Dios eligió a aquellas personas que Él vio que querrían ser salvadas por medio de su libre albedrío, a pesar de su estado natural caído; por supuesto que, de conformidad al primer punto del arminianismo, este estado no era de caída total o de depravación total.
3. La redención universal o expiación general. Este punto enseñaba que Cristo murió para salvar a todos los hombres; pero sólo de un modo potencial. La muerte de Cristo hizo posible que Dios perdonara a los pecadores, pero únicamente a condición que ellos creyeran.
4. La obra del Espíritu Santo en la regeneración está limitada por la voluntad humana. Este punto enseñaba que el Espíritu Santo, cuando comienza la obra de traer a una persona a Cristo, puede ser eficazmente resistido y Sus propósitos frustrados. No podría impartir vida a menos que el pecador quisiera voluntariamente que esta vida le fuera impartida.
5. La caída de la gracia. Este punto enseñaba que un hombre salvo, podría final y definitivamente perder la salvación. Esto es, por supuesto, el resultado lógico y natural de todo el sistema. Es decir, si el hombre debe tomar la iniciativa en su salvación, es él quien debe retener la responsabilidad del resultado final.

Los cinco puntos del arminianismo fueron presentados al Estado y fue convocado un Sínodo Nacional de la Iglesia para reunirse en Dort, en el año de 1618, para examinar las enseñanzas de Arminio, a la luz de las Escrituras. El Sínodo de Dort sostuvo 154 sesiones durante un período de siete meses, pero al final no se pudo encontrar ninguna base sobre la cual reconciliar el puno de vista arminiano con lo expuesto en la Palabra de Dios. Entonces, el Sínodo de Dort formuló sus cinco puntos, que se denominaron “calvinistas”, para contrarrestar las enseñanzas del sistema arminiano, afirmando así la postura sostenida por la Reforma, y formulada por el teólogo francés Juan Calvino. Algunas veces estos puntos son presentados en forma de un acróstico, usando la palabra "TULIP" (en inglés), como sigue:

T Total Depravity (Depravación Total)

U Unconditional Election (Elección Incondicional)

L Limited Atonement (Redención Limitada o Particular)

I Irresistible Calling (Llamamiento Eficaz o Irresistible)

P Perseverance of the Saints (Perseverancia de los Santos)

Como puede verse con facilidad, estos cinco puntos están en completa oposición a los cinco puntos del Arminianismo. El hombre es totalmente incapaz de salvarse a sí mismo, porque está "totalmente" muerto, a causa de la caída en el huerto del Edén. Y si es incapaz de salvarse a sí mismo, entonces Dios debe salvarle. Y si Dios debe salvarle, entonces Dios debe ser libre para salvar a los que Él quiera. Si Dios ha decretado salvar a los que Él quiere, entonces, es por éstos por quienes Cristo hizo expiación en la cruz. Y Si Cristo murió por ellos, entonces el Espíritu Santo les llamará eficazmente a la salvación. Entonces, si la salvación ha venido desde el principio de Dios, también el fin vendrá de Él, y así los creyentes perseverarán para el gozo eterno.

Estos son los así llamados Cinco Puntos del Calvinismo. Vamos a proceder ahora a examinarlos con más detalle, puesto que están basados firmemente en la Palabra de Dios; y fueron sostenidos tenazmente por nuestros antepasados "en la fe que ha sido una vez dada a los santos." Y por aquella fe estamos dispuestos a contender con valor. Veremos la verdad a la cual se refirió Charles Haddon Spurgeon, cuando declaró: "No es ninguna novedad, entonces, lo que estoy predicando; no es una nueva doctrina. Amo proclamar aquellas grandes doctrinas antiguas apodadas Calvinismo, pero que son verdaderamente la verdad revelada de Dios, tal como es en Cristo Jesús."


1. LA DEPRAVACIÓN TOTAL
Al considerar el primero de los cinco puntos principales del Calvinismo, lo que debería impresionarnos es el hecho que este sistema comienza con algo que debe ser fundamental en el asunto de la salvación, es decir, la correcta valoración de la condición espiritual de la persona que ha de ser salvada. Si tenemos puntos de vista deficientes o superficiales acerca del pecado, entonces estaremos sujetos a tener puntos de vista equivocados en relación a los medios necesarios para la salvación del pecador. Si creemos que la caída del hombre en el huerto del Edén fue solamente algo parcial, entonces muy probablemente estaremos satisfechos con una salvación atribuible parcialmente al hombre, y parcialmente a Dios. Cuán sensatas son las palabras de J. C. Ryle en este punto: "Hay muy pocos errores y falsas doctrinas," dice, "cuyos principios no puedan ser atribuidos a un punto de vista defectuoso acerca de la corrupción de la naturaleza humana. Errores en el diagnóstico de una enfermedad, siempre traerán consigo faltas en la administración del remedio. Igualmente, conceptos equivocados acerca de la corrupción de la naturaleza humana, traerán siempre equivocaciones acerca del gran antídoto y cura de tal corrupción."

Completamente conscientes de la situación, los teólogos de la Reforma y todos aquellos que formularon las enseñanzas reformadas en estos cinco puntos en el Sínodo de Dort, con recomendaciones basadas firmemente en las Escrituras, declararon que el estado natural del hombre es un estado de depravación total y, por lo tanto, hay una incapacidad total por parte del hombre para ganar o para contribuir a su propia salvación.

Sin embargo, cuando los calvinistas hablan de depravación total, no quieren decir que todo hombre sea malo hasta el límite de su maldad, ni que el hombre sea incapaz de reconocer la voluntad de Dios; ni tampoco que sea incapaz de hacer algún bien a sus semejantes, o aun de rendir una lealtad externa en la adoración a Dios. Lo que quieren decir es que, cuando el hombre cayó en el huerto del Edén, cayó en su "totalidad." Es decir, que la personalidad completa del hombre ha sido afectada por la caída, y el pecado se extendió a todas sus facultades: la voluntad, la mente y los afectos o las emociones. Creemos que la verdad que afirmamos es la enseñanza irrefutable de la Palabra de Dios. Los siguientes textos de la Escritura representan una selección de algunos pasajes que confirman la enseñanza calvinista de la depravación total.

La Biblia enseña con absoluta claridad que el hombre, por naturaleza, está MUERTO: ". . . como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Romanos 5:12).
La Biblia nos enseña que los hombres son ESCLAVOS: "Que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él." (2 Timoteo 2:25-26).
La Biblia enseña que los hombres están CIEGOS Y SORDOS: "Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan" (Marcos 4:11-12).
La Biblia nos enseña que el hombre natural (no regenerado), CARECE DE ENTENDIMIENTO ESPIRITUAL: "Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente." (1 Corintios 2:14).

La Biblia habla del hombre como una criatura que por naturaleza es PECAMINOSA: 1) Por nacimiento: "He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre." (Salmo 51:5). 2) Por práctica: "Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal." (Génesis 6:5).

Este es el estado natural del hombre. Por tanto, debemos preguntarnos ahora: ¿Pueden LOS MUERTOS resucitarse a sí mismos? ¿Pueden LOS ESCLAVOS liberarse a sí mismos? ¿Pueden LOS CIEGOS darse la vista a sí mismos o LOS SORDOS el oído? ¿Pueden los que CARECEN DE ENTENDIMIENTO ESPIRITUAL enseñarse a sí mismos? ¿Pueden los que están INCLINADOS POR SU NATURALEZA AL PECADO, cambiarse a sí mismos? ¡Ciertamente no pueden! "¿Quién hará limpio a lo inmundo?" pregunta Job. Y él mismo responde: "Nadie." (Job 14:4). Del mismo modo, el profeta Jeremías pregunta: "¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas?" Y concluye "Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?" (Jeremías 13:23).

¿Podría la Palabra de Dios mostrar más claramente con base en esto, que la depravación humana es total, y que nuestra incapacidad para desear o procurar la salvación es también total? Este cuadro es una descripción de un muerto; un muerto espiritual. Somos como Lázaro en su sepulcro; estamos atados de pies y manos; y la corrupción se ha esparcido por completo en nosotros. Tal como no había ningún indicio de vida en el cuerpo muerto de Lázaro, así tampoco no hay ninguna chispa de receptividad interna en nuestros corazones. Pero el Señor realiza el milagro en ambos casos, el muerto físicamente, y el muerto espiritualmente. Porque la Escritura dice: "Y Él os dio vida. . ." nos hizo vivir a aquellos que estábamos "muertos en nuestros delitos y pecados." (Efesios 2:1). La salvación, pues, por su propia naturaleza, es "del Señor."

2. LA ELECCIÓN INCONDICIONAL
Nuestro rechazo o aceptación de la verdad bíblica que enseña que la condición del hombre por naturaleza es la depravación total, determinará en gran medida nuestra actitud hacia el siguiente punto analizado en el Sínodo de Dort. La elección incondicional es correctamente expuesta en la Confesión Bautista de Fe de 1689, la cual citamos enseguida como un resumen útil. La elección incondicional es también sostenida, casi en términos idénticos, en la Confesión de Fe de Westminster, en los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra, y en las principales confesiones de casi todas las iglesias que tienen raíces históricas.

"A aquellos de la humanidad que están predestinados para vida," dice la Confesión Bautista, "Dios (antes de la fundación del mundo, según su propósito eterno e inmutable y el consejo secreto y el beneplácito de Su voluntad), los ha escogido en Cristo para gloria eterna, meramente por Su libre gracia y amor, sin que le moviera a ello ninguna cosa en la criatura, como condición o causa." (Capítulo 3, Artículo 5).

La doctrina de la elección incondicional se desprende en forma natural y lógica de la doctrina de la depravación total. Es decir, si el hombre está de hecho muerto, cautivo en el pecado, ciego, sordo, sin entendimiento espiritual e inclinado por naturaleza al pecado, entonces, el remedio para solucionar toda esta condición debe encontrarse fuera del hombre mismo, esto es, en Dios. En el punto anterior hicimos la pregunta: ¿Puede el hombre resucitarse a sí mismo? Y la respuesta inevitable es: por supuesto que no. Sin embargo, si algunos hombres y mujeres son resucitados de su muerte espiritual, (nacidos de nuevo es el término usado en el Evangelio de Juan), y puesto que ellos no son capaces de llevar a cabo esta obra por sí mismos, entonces debemos concluir que fue Dios quien los resucitó espiritualmente. Por otro lado, puesto que muchos hombres y mujeres no han sido nacidos de nuevo o vivificados, de la misma manera debemos concluir que es debido a que Dios no los ha resucitado. Si el hombre es incapaz de salvarse a sí mismo, ya que la caída en Adán fue una caída total, y si sólo Dios puede salvar, y si no todos son salvados, entonces la conclusión debe ser que Dios no ha elegido salvar a todos.
Esto no es una filosofía ciega, sino que es algo enseñado en, edificado sobre, sustentado por, y revelado en las Escrituras de Dios. El tema es tan vasto como el océano mismo; nosotros hemos citado sólo unos cuantos versículos claves de las Escrituras que nos sirven de guía en este portentoso mar.

La historia de la Biblia es la historia de la elección incondicional. Es extraño que quienes se oponen a esta doctrina, no puedan reconocer esto. Algunos creyentes tienen dificultad en creer que Dios pudiera pasar por alto a algunos y escoger a otros; y sin embargo, no tienen dificultad aparente en creer que Dios llamó a Abraham para que saliera del pueblo pagano de Ur de los Caldeos, y dejara a los demás en su paganismo. ¿Por qué escogería Dios a la nación de Israel como Su "pueblo especial"? No tenemos necesidad de especular al respecto, porque el libro de Deuteronomio nos da la respuesta: "No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó. . ." (Deuteronomio 7: 7-8). ¿Por qué escogería Dios, dejando completamente de lado las leyes familiares, al hijo más joven de Isaac, Jacob, en lugar del primogénito Esaú? Otra vez debemos remitirnos a "la ley y el testimonio." La Escritura dice: "(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí." (Romanos 9:11-13).

¿Cuál fue la doctrina que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, sino la doctrina de la elección incondicional? "Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio." (Lucas 4:25-27). Nosotros conocemos el resultado de que nuestro Señor predicara este mensaje: "Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle." (Lucas 4:28-29).
La falta de espacio nos impide hacer una descripción detallada de la soberanía de Dios al escoger a Su pueblo; pero la verdad es clara: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros. . ." (Juan 15:16); "¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" (Romanos 9:21); y ". . . a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia. . ." (Romanos 9:15), y "según nos escogió en él antes de la fundación del mundo. . . habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad." (Efesios 1:4-5), y así sigue el testimonio de las Escrituras.

Reconocemos que hay una 'clase de elección' que es sostenida por muchos creyentes hoy en día. Hablando en términos generales, esta elección se basa en Romanos 8:29 "Porque a los que antes conoció, también los predestinó, etc. . ." La idea de esta elección es más o menos como sigue: Dios, dicen, previó a todos aquellos que iban a aceptar a Cristo, y de este modo Él los eligió para vida eterna. En oposición a este punto, nosotros señalamos que:
1.- La presciencia de Dios es descrita en las Escrituras en conexión con las personas y no con ninguna acción que la gente haya realizado. La Escritura dice: "Porque a los que antes conoció. . ." Y otra vez Dios habla de este modo a través de Amós: "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra. . ." (Amós 3:2). Esto quiere decir que, sin tomar en cuenta ninguna acción, buena o mala, realizada por ellos, Dios los "conoció" en el sentido de que "los amó" y "los escogió" para que fueran Suyos. Es de este modo que Él conoce previamente a Sus elegidos.
2.- Es inútil decir que Dios nos eligió debido a que Él vio algo que nosotros haríamos, es decir, aceptar a Su Hijo. No somos escogidos debido a que realicemos la buena obra de 'aceptar' a Cristo, sino que somos escogidos para hacernos capaces de "aceptarle." "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." (Efesios 2:10).
3.- Tampoco sirve decir que Dios previó a todos aquellos que creerían y que por esto los escogió. Hechos 13:48 deja esto muy claro: "y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna." La elección no se debe a nuestra fe, sino que nuestra fe se debe a que somos elegidos, debido a que somos "ordenados para vida eterna."
4.- De igual manera, decir que ejercitamos la fe cuando aceptamos a Cristo, y que Dios previó esta fe, y por lo tanto, nos eligió, solamente nos conduce un paso más hacia atrás, porque ¿de dónde obtuvimos esa fe, para poder ejercitarla? Las Escrituras nos dan la respuesta, afirmando que la fe es un don de Dios y no de nosotros mismos: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios." (Efesios 2:8).
Ciertamente, en lugar de argumentar en contra de estas cosas, deberíamos estar haciendo lo que el Espíritu Santo nos manda a través del apóstol Pedro: "Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección. . ." (2 Pedro 1:10).

3. LA EXPIACIÓN LIMITADA
Esta doctrina no solamente nos trae al tema central de los cinco puntos, sino también a la realidad central del Evangelio, esto es, al propósito de la muerte de Cristo en la cruz. Esto no es accidental. Los teólogos que asumieron la tarea de defender las verdades de la Reforma Protestante, en contra de los ataques del partido arminiano, fueron siguiendo una línea bíblicamente lógica en sus formulaciones, habiendo llegado así al eje mismo de la salvación.

Ante todo, ellos habían preguntado: ¿quién ha de ser salvado? La respuesta fue 'el hombre.' Pero las enseñanzas bíblicas a este respecto mostraban que el hombre, en su estado natural, es totalmente incapaz de salvarse a sí mismo. Así nosotros tenemos la enseñanza de la Biblia acerca del hombre, resumida bajo el encabezado general de depravación total, o incapacidad total.

Segundo, puesto que algunos hombres y mujeres son indudablemente salvados, entonces debe haber sido Dios mismo Quien los salvó, en distinción del resto de la raza humana. Esta es la base: "para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese. . ." (Romanos 9:11). Sin embargo, como dice Spurgeon, esta elección sólo "marcó la casa a donde la salvación llegaría." Todavía se requería de una completa, perfecta y satisfactoria expiación por los pecados de los elegidos; así Dios podría ser, no sólo un Salvador, sino un Dios justo y Salvador. Esta expiación, como todos nosotros reconocemos, fue consumada a través de la sumisión voluntaria de Cristo a la muerte en la cruz, donde Él sufrió bajo la justicia de este Dios justo, y obtuvo la salvación que Él como Salvador había ordenado. En la cruz, entonces, y sin duda todos nosotros aceptamos esto, Cristo llevó el castigo y obtuvo la salvación.
Surge una pregunta ahora: ¿el castigo de quiénes llevó Cristo? Y ¿la salvación de quiénes obtuvo? Hay tres opciones que podemos examinar, para considerar este punto:

1.- Cristo murió para salvar a todos los hombres sin distinción.

2.- Cristo murió para no salvar a nadie en particular.

3.- Cristo murió para salvar a un cierto número.

El primer punto es sostenido por los llamados 'universalistas.' Dicen que Cristo murió para salvar a todos los hombres y de esta manera ellos, por lógica, suponen que todos los hombres serán salvados. Si Cristo ha pagado la deuda del pecado, ha salvado, ha rescatado y ha dado Su vida por todos los hombres, entonces todos los hombres serán salvados.

El segundo punto de vista es el llamado "arminiano," que sostiene que Cristo obtuvo una salvación potencial para todos los hombres. Cristo murió en la cruz, según este punto de vista, pero aunque Él pagó la deuda de nuestro pecado, Su obra en la cruz no llega a ser eficaz hasta que el hombre se 'decide por Cristo' y de este modo es salvado.

El tercer punto de vista acerca de la expiación, es el llamado Calvinista, y dice que Cristo murió positiva y eficazmente para salvar a un cierto número de pecadores merecedores del infierno, sobre quienes el Padre ya había puesto Su libre y Soberano amor electivo. El Hijo paga solamente la deuda de estos elegidos, satisface la justicia del Padre por ellos, les imputa Su propia justicia a éstos y así, están completos en Él.

Entonces, la muerte de Cristo sólo pudo haber sido por una de estas tres razones: para salvar a todos; para no salvar a nadie en particular; o para salvar a un cierto número.
El tercer punto de vista es el que sostenemos los calvinistas y generalmente es llamado expiación limitada, o redención particular. Cristo murió para salvar a un número específico de pecadores; esto es, por aquellos que el Padre ". . . escogió en Él antes de la fundación del mundo." (Efesios 1:4); por aquellos que el Padre le había dado del mundo, todos aquellos "que me diste; porque tuyos son." (Juan 17:9); aquellos por quienes Él mismo dijo que derramaría Su sangre: "porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados." (Mateo 26:28).

Nosotros afirmamos que ésta es la postura que realmente hace justicia al propósito de Cristo al venir a esta tierra para morir en la cruz. ". . . y llamarás su nombre JESÚS, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados." (Mateo 1:21). No a los judíos, ciertamente, porque los judíos no fueron salvados como un pueblo. Jesús "amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." (Efesios 5:25). "El cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación." (Romanos 4:25). ¿De quiénes habla el Espíritu Santo cuando dice nuestros, nuestra? ¿Acaso está hablando del mundo? Si es así, entonces los universalistas tienen la razón, porque Cristo fue entregado 'por los delitos del mundo' y 'resucitado para la justificación del mundo;' y así el mundo queda justificado delante de Dios. "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados." (1 Corintios 15:22). Esto sólo puede significar que toda la posteridad de Adán muere en Adán, como de hecho muere, porque "así la muerte pasó a todos los hombres." (Romanos 5:12). Pero toda la posteridad de Cristo, es decir, la iglesia por la cual Él mismo se entregó, es vivificada en Él. ¿Por qué es esto así? Ciertamente es así, porque ¡Él se dio a Sí mismo por ellos! "Por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con los pecados de ellos." (Isaías 53:11, RVA). Y cuando Él consumó esto, estando colgado en la cruz, dice Isaías en aquel gran capítulo 53 de su profecía, que "Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho. . ." (Isaías 53:11). El trabajo de Su alma al derramarla y ofrecerla por nuestros pecados, producirá hijos espirituales para la alabanza de Su nombre, y Él será satisfecho, cuando vea esta obra consumada.

No estamos pasando por alto el hecho que hay algunas Escrituras que se refieren al 'mundo,' y muchas personas las han tomado como su punto de partida en la cuestión de la redención. Sin embargo, cuando comparamos la Escritura con la Escritura, vemos que el uso de la palabra 'mundo' no implica necesariamente a 'cada hombre y cada mujer en el mundo.' Los fariseos dijeron de Jesús: "Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él." (Juan 12:19); sin embargo, no todas las personas iban tras de Cristo. La expresión significa "toda clase de persona," normalmente para referirse conjuntamente a judíos y gentiles. (Nota del traductor: vea Romanos 11:11-12 y note cuidadosamente el uso intercambiable de las palabras "gentiles y mundo." Para un estudio más a fondo de este tema recomendamos la lectura del libro "Vida por Su Muerte," del doctor John Owen).

La pregunta siempre debe ser la intención Divina: ¿tuvo Dios la intención de salvar a todos los hombres o no? Si Él no intentó salvar a todos los hombres sin excepción, sino solamente a los elegidos, entonces la obra de Cristo en la cruz fue un éxito glorioso y estamos en lo correcto al creer que "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. . ." (Juan 6:37). Por otro lado, si la intención de Dios fue salvar al mundo entero, entonces la expiación de Cristo ha sido un gran fracaso, porque un vasto número de hombres no ha sido salvado. ¡Cristo pagó nuestra deuda! ¿La deuda de quién? ¿La deuda del mundo, o de los elegidos? Ciertamente, si un hombre ha sido rescatado por un redentor, entonces la ley que él ha quebrantado debe quedar satisfecha, en razón de la obra o del pago que el fiador hizo en su beneficio.
Si Tú has mi libertad logrado,
Y gratuitamente en mi lugar padeciste
La completa ira Divina;
Pago doble por Dios no será demandado,
De la mano sangrante de mi Fiador primero,
Y luego, otra vez, de la mía.


4. LA GRACIA IRRESISTIBLE
Una vez más, este cuarto punto de la creencia del sistema calvinista, es el resultado lógico de todo lo que hemos visto anteriormente. Si los hombres son incapaces de salvarse a sí mismos debido a su naturaleza caída, y si Dios se ha propuesto salvarlos, y Cristo ha consumado la salvación de ellos, entonces, se deduce por lógica que Dios debe también proveer los medios para llamarles a los beneficios de la salvación que Él ha obtenido para ellos. Sin embargo, el sistema calvinista de teología, aunque profundamente lógico, es mucho más que un mero sistema lógico. Es un sistema de creencia bíblica pura, que se encuentra firmemente apoyado en la Palabra de Dios. Entonces, la doctrina de la gracia irresistible no es un invento de los hombres que redactaron los Cinco Puntos del Calvinismo en el Sínodo de Dort, sino la manifiesta revelación de la santa Palabra de Dios. Por ejemplo, Romanos 8:30 dice: "Y a los que predestinó, a éstos también llamó." Es decir, Dios no sólo elige a los hombres y mujeres para la salvación; Él también llama a todos aquellos que Él ha elegido.

¿Qué quiere decir "gracia irresistible"? Nosotros sabemos que cuando el Evangelio es predicado en la iglesia, o al aire libre, o a través de la Palabra de Dios leída, no todas las personas hacen caso de su llamado. No todas las personas llegan a ser convencidas de sus pecados y de su necesidad de Cristo. Esto explica el hecho de que hay dos llamamientos. Existe no sólo un llamamiento externo; sino también uno interno. El llamamiento externo puede ser descrito como: "las palabras del predicador," y este llamamiento, cuando es realizado, puede obrar de diferentes maneras, en decenas de diferentes corazones, produciendo diferentes resultados. Sin embargo, hay una cosa que este llamamiento no puede hacer: no efectuará la obra de salvación en el alma pecadora. Para que una obra de salvación sea forjada en el alma, el llamamiento externo debe ir acompañado por el llamamiento interno del Espíritu Santo de Dios, porque es Él quien "convencerá de pecado, de justicia y de juicio." (Juan 16:8). Y cuando el Espíritu Santo llama por Su gracia a un hombre, a una mujer o a una persona joven, este llamamiento es irresistible: es decir, este llamado no puede ser frustrado, porque es la manifestación de la gracia irresistible de Dios.

Esta enseñanza es sustentada una y otra vez en la Palabra de Vida de Dios, como por ejemplo, en los siguientes versículos y pasajes:
1.- "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera." (Juan 6:37). Note que son aquellos que el Padre ha dado a Cristo (los elegidos), los que vendrán a Él; y cuando vienen a Él, no son echados fuera.
2.- "Nadie puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final." (Juan 6:44, RVA). Aquí, nuestro Señor está diciendo simplemente que es imposible que los hombres vengan a Él por sí mismos; el Padre debe traerlos.
3.- "Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí." (Juan 6:45). Los hombres pueden oír el llamamiento externo; pero son aquéllos que han sido enseñados por el Padre, quienes responderán y vendrán a Cristo. Así, con Simón Pedro: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos." (Mateo 16:15-17).
4.- "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios." (Romanos 8:14).
5.- "Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia." (Gálatas 1:15).
6.- "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable." (1 Pedro 2:9).
7.- "Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo. . ." (1 Pedro 5:10).
Ciertamente, una ilustración notable de esta enseñanza de la gracia irresistible o llamamiento eficaz, es el incidente del cual leemos en Hechos 16. El apóstol Pablo predicaba el Evangelio a un grupo de mujeres junto al río, en Filipos; y mientras él estaba hablando: "Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía." (Hechos 16:14). Pablo, el predicador, habló a los oídos de Lidia, y este es el llamamiento externo. Pero el Señor habló al corazón de ella, y este es el llamamiento interno de la gracia irresistible.

Los arminianos creen que hombres y mujeres tienen la capacidad de resistir el llamado del Evangelio de Dios, y así lo hacen. Por lo tanto, ellos se oponen diciendo que no puede haber tal doctrina de la gracia irresistible de Dios. Nosotros creemos que hombres y mujeres no sólo pueden resistir el Evangelio de Dios, como de hecho lo hacen; sino que también, debido a su naturaleza caída, deben resistir el Evangelio de Dios. Por lo tanto, es necesaria la existencia de una doctrina como la doctrina de la gracia irresistible. En otras palabras, nuestras almas deben ser puestas bajo una influencia más grande que nuestra propia naturaleza, más grande que nuestra resistencia, o de lo contrario estamos destinados a ser condenados para siempre, puesto que "el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios." (1 Corintios 2:14). Hay tres grandes fuerzas que trabajan en la obra de la salvación del hombre:
1.- La voluntad del hombre.
2.- La voluntad del Diablo.
3.- La voluntad de Dios.

¿Cuál de estas tres fuerzas tendrá la victoria? Si la voluntad de Dios no resulta victoriosa en este asunto de la salvación, entonces, resultará victoriosa la voluntad del Diablo, porque él es más fuerte que nosotros. Thomas Watson, un antiguo puritano del siglo XVII, describió el asunto, vívidamente, en las siguientes palabras: "Dios cabalga con fuerza, conquistando en el carro de Su Evangelio. . . Él conquista el orgullo del corazón y hace que la voluntad, la cual se resistía como una fortaleza real contra Él, se rinda y doblegue ante Su gracia; y hace sangrar al corazón de piedra. ¡Oh, este es un poderoso llamamiento! ¿Por qué, entonces, algunos hombres parecen hablar de una persuasión moral? ¿Por qué dicen que en la conversión de un pecador, Dios sólo persuade moralmente y nada más? Si en la conversión, Dios sólo pudiera persuadir moralmente y nada más, entonces Él no pondría mucho más poder en la salvación de los pecadores, de lo que el Diablo hace para su destrucción."

¿Cuál voluntad obtendrá la victoria? ¿La nuestra? Pero, ¿acaso no se resistía, de hecho, como una fortaleza real en contra del Señor? "Y no queréis venir a mí para que tengáis vida." (Juan 5:40). ¿Acaso la victoria será de la voluntad del Diablo? Entonces, quién podría ser salvado jamás, puesto que la voluntad suya será siempre más fuerte que la nuestra. Pero, ciertamente, este es el Evangelio, que "uno más fuerte que el fuerte" aparece conquistando y para conquistar, en el carro de Su Evangelio; y Él, efectivamente, conquista a Satanás, como también al hombre débil, todo para la alabanza de Su irresistible gracia. (Vea Lucas 11:21-23).

5. LA PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS (Los verdaderos creyentes)
Ahora, como punto final, la doctrina de la perseverancia de los santos. Con el fin de resumir, vamos a referirnos otra vez a la Confesión Bautista, la cual está de acuerdo en este punto con las otras confesiones históricas de fe. "Aquellos a quienes Dios ha aceptado en el Amado, y ha llamado eficazmente y santificado por Su Espíritu, y a quienes ha dado la preciosa fe de Sus elegidos, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán en él hasta el fin, y serán salvos por toda la eternidad, puesto que los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables. . ." (Confesión Bautista de 1689, Capítulo 17; párrafo 1). Nuevamente vamos a demostrar que esto es exactamente lo que las Escrituras nos enseñan.

"Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?. . . Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro." (Romanos 8:29-31; 38-39).

Otra vez, tenemos que reconocer el hecho de que, todo lo que los hombres del Sínodo de Dort (y todos aquellos que enseñan de la misma manera), estaban haciendo, era poner dentro de un pequeño esquema, de una forma sistemática, las enseñanzas del Evangelio de la libre y soberana gracia de Dios. Si el hombre no puede salvarse a sí mismo, entonces Dios debe salvarle. Si no todos los hombres son salvos, entonces Dios no ha salvado a todos. Si Cristo ha hecho la satisfacción por pecados, entonces, esta expiación es por los pecados de aquellos que son salvados. Y si Dios se propuso revelar esta salvación en Cristo a los corazones de todos aquellos a quienes Él escogió salvar, entonces, Dios proveerá los medios necesarios y eficaces para realizarlo así. Por lo tanto, si habiendo decretado salvar, habiendo muerto para salvar, y habiendo llamado a la salvación a aquellos que jamás se salvarían por sí mismos; entonces, Él también preservará a aquellos salvados hasta la vida eterna, para la gloria de Su Nombre.

De este modo, siguiendo la depravación total, la elección incondicional, la expiación limitada, y el llamamiento eficaz, llegamos a la perseverancia de los santos. "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo." (Filipenses 1:6). La Palabra de Dios contiene múltiples referencias acerca de esta bendita verdad. "Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero." (Juan 6:39). "Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano." (Juan 10:28). "Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida." (Romanos 5:10). "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. . ." (Romanos 8:1).

Este es el sello del creyente, que él pertenece a Cristo; que él está perseverando en las cosas de Cristo; que él está procurando tanto más hacer firme su vocación y elección. (Vea 2 Pedro 1:10). El creyente en Cristo puede caer en la tentación, pero el Señor "no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar." (1 Corintios 10:13). Así que el creyente se fortalecerá y seguirá fortaleciéndose cada vez más, en las cosas relacionadas con su salvación, para la gloria de Cristo.

Los versículos incomparables de Romanos 8:28-29, muestran la lógica en la salvación eterna de Dios; la lógica que el Calvinismo afirma. La salvación que comienza en la mente y el propósito de Dios, debe terminar en el completo cumplimiento de Su inquebrantable propósito de que "aquellos que antes conoció," sean unidos eternamente con su Salvador.

CONCLUSIÓN

De una forma general, esta es la enseñanza que algunas veces es llamada Calvinismo. Lejos de ser una innovación del hombre, esta es la doctrina de la Palabra de Dios, claramente formulada y expuesta.
Sin embargo, seguramente surgirá la pregunta: pero, ¿no estorba la obra evangelística, esta doctrina del Calvinismo? Una rápida mirada a la historia de la Iglesia de Cristo en este mundo, será suficiente para invalidar tal opinión. Porque encontraremos que el Evangelio ha florecido más en los lugares y en los tiempos en que el pueblo de Dios ha sostenido estas doctrinas de gracia cerca de sus corazones. Pensemos en el celo de William Carey, que le condujo desde su taller de zapatos hasta hacer la obra evangelística por Cristo en la India. William Carey era un sólido calvinista, como también lo fue Andrew Fuller, otro bautista que ayudó a formar la Sociedad Bautista Misionera. Considere las siguientes palabras del piadoso David Brainerd, aquel hombre que creyó que los indios pieles rojas, al igual que los hombres blancos, tenían también un alma: "Y entonces tuve dos deseos," escribe Brainerd en su diario, "mi propia santificación, y la salvación de los elegidos de Dios." Uno de los más grandes evangelistas de los tiempos modernos fue el también calvinista George Whitfield; no obstante, su calvinismo nunca frustró o impidió su predicación del Evangelio de Cristo: "Con cuánta pasión divina," se dijo de él, "exhortó a los pecadores a volverse a Cristo."

El Calvinismo, si podemos usar esta palabra sin que seamos malentendidos, fue también el Evangelio de Robert Murray M'Cheyne, como también lo fue de Andrew Bonar, y William Burns, aquel gran líder del avivamiento y misionero en China. Mártires, Reformadores, líderes de la Iglesia de Cristo en la tierra, cuando hablan del Evangelio que ellos predicaron y por el cual murieron, hablan del Evangelio de la gracia salvadora de Dios para su rebaño elegido. ¿Cómo podría comenzar uno a enumerarlos? Lutero, Calvino, Tyndale, Latimer, Knox, Wishart, Perkins, Rutherford, Bunyan, Owen, Charnock, Goodwin, Clavel, Watson, Henry, Watts, Edwards, Whitefield, Newton, Spurgeon, todos ellos son sólo un puñado del noble ejército de testigos de la verdad de la gracia soberana. ¿Acaso su labor para el Señor sufrió tropiezos por lo que creían? Y, ¿qué es lo que creían? Ellos creían que Dios es el Soberano Señor. Ellos se atrevieron a creer que adoraban y servían a un Rey que hace "todas las cosas según el designio de su voluntad." (Efesios 1:11). Bien dijo el príncipe de los predicadores, Charles Haddon Spurgeon: "He conocido hombres que muerden sus labios y rechinan sus dientes llenos de ira, cuando predico la soberanía de Dios. . . los doctrinarios de hoy admitirán un Dios, pero claro, Él no debe ser un Rey." ¿Acaso podemos decir que Spurgeon estorbó al Evangelio? Y sin embargo, ¡cuántos se han levantado en lucha contra él, a causa de su doctrina! Él diría: "somos menospreciados como 'sectarios' (hipercalvinistas), escasamente algún ministro se gira a vernos o habla favorablemente de nosotros; debido a que sostenemos fuertes convicciones acerca de la soberanía de Dios, y Su elección divina y amor especial hacia Su pueblo."

Quizás una palabra del mismo gigante de la iglesia servirá como una exhortación final, para que nos aferremos con firmeza a estas benditas verdades de la Palabra de Dios y las proclamemos con denuedo, para la alabanza de Su nombre. "La antigua verdad que Calvino predicó, que Agustín predicó, que Pablo predicó, es la verdad que yo debo predicar hoy o de lo contrario sería falso a mi conciencia y a mi Dios. Yo no puedo darle forma a la verdad, y no sé cómo limar las asperezas de una doctrina. El Evangelio de John Knox es mi Evangelio; aquel Evangelio que tronó a través de toda Escocia, debe tronar otra vez a través de toda Inglaterra." Amén y Amén.